jueves, 4 de diciembre de 2008

Pedro Salinas


Razón de Amor
Nadadora de noche, nadadora
entre olas y tinieblas.
Brazos blancos hundiéndose, naciendo,
con su ritmo
regido por designios ignorados,
avanzas contra la doble resistencia sorda
de oscuridad y mar, de mundo oscuro.
Al naufragar el día,
tú, pasajera de travesías por abril y mayo,
te quisiste salvar, te estás salvando,
de la resignación, no de la muerte.
Si te rompen las olas, desbravadas,
hecho su asombro espuma,
arrepentidas ya de su milicia,
cuando tú les ofreces, como un pacto,
tu fuerte pecho virgen.
Se te rompen las densas ondas anchas de la noche
contra ese afán de claridad que buscas, brazada por brazada,
y que levanta un espumar altísimo en el cielo;
espumas de luceros, sí, de estrellas,
que te salpica el rostro con un tumulto
de constelaciones, de mundos.
Desafía mares de siglos, siglos de tinieblas,
tu inocencia desnuda.
Y el rítmico ejercicio de tu cuerpo soporta,
empuja, salva mucho más que tu carne.
Así tu triunfo tu fin será, y al cabo, traspasadas el mar,
la noche, las conformidades, del otro lado ya del mundo negro, en la playa del día que alborea, morirás en la aurora que ganaste.